Una llegada diferente

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Una llegada diferente

Notapor Resentido » Jue Dic 28, 2017 9:00 am



Hace unos meses escribí una crónica de una jornada de mi Camino portugués de entonces, de Tui a Compostela. La acompañé añadiendo unas fotografías resumen del trayecto.

Hubo una cuestión que no me atreví a comentar. Bueno, no sé si “atrever” es el verbo adecuado; pero, en fin, tampoco tiene mucha importancia, o tal vez tenga la que le queramos dar, yo no le voy a conceder demasiada. Pero me dejaré de más preámbulos y retrocederé al momento en que pasé por el lugar de una de las fotografías.


Imagen


Se trataba del Sanatorio Psiquiátrico de Conxo, situado a la entrada de Compostela. Recuerdo que hice el comentario de que podía ser un buen albergue de peregrinos, que siempre hemos tenido cierta fama de un poco locos en sentido amplio y clásico de la palabra. Estuve unos minutos descansando y mirando el entorno, luego reanudé la marcha.

Recorrí una pequeña calle y unos metros más adelante me llevé una sorpresa. No era la primera vez que entraba en Compostela por este Camino, pero como van modificando los itinerarios, además de que hay distintas opciones, la verdad es que aquel tramo no me resultaba reconocible. Entonces desemboqué en una amplísima rotonda, y me quedé contemplándola. Pese a que había cambiado mucho su fisonomía, básicamente en lo que respecta a cierta distribución de su tráfico, la había reconocido de inmediato.

Enlacé entonces con otro ya lejano Camino, el que años atrás me había conducido desde Lisboa hasta Compostela. Narré también en otra crónica el impulso que me había llevado a completar la última jornada saliendo en plena madrugada y entrando en Compostela completamente desorientado. Aún muy de noche había llegado a este cruce de múltiples calles, sin saber por dónde tirar.

Me encontraba de nuevo ante la rotonda. Recordaba a la perfección por dónde me había indicado que debía continuar un alma caritativa que un rato después milagrosamente había aparecido a hora tan intempestiva. Ahora, rememorando aquella anterior llegada tan poco común, de repente tuve una idea.

De momento volví sobre mis pasos, regresé a la pequeña plazoleta hacia la que daba la fachada del Sanatorio de Conxo. En los bajos del edificio de viviendas situado enfrente había visto una taberna. Entré y pedí una cerveza.

No me resulta muy fácil explicarlo, pero no creo que tenga que darle muchas vueltas, tampoco se las di entonces. El caso es que, de alguna manera, me apeteció rematar el Camino con una entrada y una estancia novedosas, y no lo dudé.

De vuelta a la calle hice una llamada. Hace unos años coincidí en el Camino con Martine, una peregrina francesa. Vivía por entonces en Barcelona, pero por poco tiempo, pues enseguida se trasladó a Compostela. Trabajaba en el Parador Reyes Católicos, y en alguna ocasión anterior, mientras tomábamos algo, me había dicho en broma que a ver si algún día me acogía en el Parador. Pues bien, ésta sería la ocasión. No nado en la abundancia financiera, pero decidí concederme ese ocasional capricho.

Martine se encontraba precisamente en ese momento en el Parador, y al principio pensó que bromeaba, pero pronto vio que no. La puse al día de las circunstancias, y como pensaba ya hacer una entrada “distinta”, le dije dónde me encontraba y si podía enviar un taxi a recogerme. Se volvió a sorprender, pero la tranquilicé, no tenía ningún problema físico. Simplemente, me apetecía llegar así. Pese a que sólo me faltaban unos dos kilómetros para llegar.

En diez minutos montaba en el taxi.

Y llegué al Obradoiro de una manera diferente a todas las anteriores.

Resentido
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