CPC - 2ª Jornada: Desde Pedras Rubras... (3)

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CPC - 2ª Jornada: Desde Pedras Rubras... (3)

Notapor Resentido » Mié Sep 28, 2016 7:00 am





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Atravieso el puente, de muy buen aspecto, antiguo y robusto. Es levemente jorobado, lo cual hace que en este tan llano Caminho quepa casi hablar de un importante desnivel. Al otro lado entro en BAGUNTE. Me he confiado y no he preguntado al señor, y no veo rastro de ningún bar. Sólo encuentro una fuente de agua “no controlada”; por lo menos aprovecho para refrescarme. Pero no hay nadie por la calle, únicamente al final del pueblo un hombre dormita en el porche, y lo que hago es suspender el movimiento del bordón para que el claqué no le despierte.

En el pecado llevo la penitencia, pese a que ésta me parece excesiva para tan pequeña falta, y el caso es que a continuación recorro un largo tramo sin agua. Aunque es curiosa la percepción que tenemos a veces del espacio y del tiempo, porque mirando a posteriori el mapa veo que tampoco es tanta la distancia. Al llegar a un pueblo llamado JUNQUEIRA decido desviarme en descenso hacia la cercana carretera que parece que lo atraviesa. Allí mismo veo un bar, pero por desgracia está cerrado. Ando unos metros y encuentro un café en el que compro agua. Al retroceder al Caminho y proseguir la marcha compruebo que vuelvo a pasar por la puerta del café, menudo hallazgo el mío.

Un poco más adelante tengo que atravesar la autopista A-7, sigo la señalización y paso sin problema. Llego al Puente de Arcos, sobre el río Este, otra maciza y vistosa construcción en lo alto de cuya joroba me detengo unos minutos. Hay al borde de él una playa fluvial en la que la gente toma el sol. Una señora está dando un baño a unos perros, que se ve que están disfrutando a base de bien, porque el sol todavía pega.

Tras el puente llego a ARCOS. En lo alto de una escalinata está la Igreja de São Miguel dos Arcos, en la que aprovecho una sombra del solitario atrio para descansar, beber agua y airear los pies. La soledad no dura mucho, pronto se acerca un viejete del pueblo, que confiesa que se ha equivocado y ha venido una hora antes a la misa de siete.

La tarde va discurriendo poco a poco. Después de MOLDES tengo por fin a la vista mi objetivo de hoy: SÃO PEDRO DE RATES. Pero todavía me queda una larga recta de entrada. Son casi las siete, y ya voy teniendo ganas de llegar. En mi mente está la idea de que la jornada de hoy sea la más larga de estos días, salvo que alguna circunstancia me obligue a otra cosa. Enfilo ese último tramo, pero cuando veo el desvío a la Igreja de São Pedro de Rates no me puedo resistir todavía a demorar un poco la llegada y acercarme, aunque a estas horas estará cerrada. Pues no, para mi sorpresa la puerta está abierta.

El hombre que está al cargo se ofrece en cuanto me ve a sellarme la credencial. Debo confesar que siempre me produce cierto fastidio ese general ofrecimiento durante las peregrinaciones (resentido que es uno). En muy contadas ocasiones me apetece sellar la credencial, sólo en algún lugar que me toca de manera muy especial, además de que siempre la llevo dentro de una carpeta en el interior de la mochila, con el consiguiente incordio (la verdad: únicamente suelo sellar donde duermo). Pero pueden más las ganas de no andar dando explicaciones, así que pacientemente saco la credencial y sello. A cambio, y aunque está a punto de cerrar, el hombre me da unas explicaciones muy interesantes de la construcción, y sobre todo acerca de una polémica restauración en la década de los setenta, justo tras la dictadura. Deriva la conversación hacia la valía de nuestros respectivos actuales gobernantes. Mi interlocutor, cual rajoyista lusitano, afirma que no entiende el gobierno de coalición que se ha formado en Portugal, y que lo que necesitan es un gobernante con valía (“no estoy diciendo un Salazar”, aclara, menos mal...). Me despide asegurándome que el albergue está a seiscientos metros de allí.

Tras un breve callejeo siguiendo las flechas (que en lo que llevo de Caminho señalizan muy bien) compruebo que en esta ocasión el cálculo anunciado se ajusta a la realidad, y pronto me encuentro a la puerta del albergue.




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Accedo a un amplio patio interior. A mi derecha hay una escalera que sube al piso alto. Sentada en las escaleras hay una peregrina extranjera que me recibe con una sonrisa. Creo que nos hemos saludado en algún momento del día, pero la verdad es que ésta es una de las frecuentes ocasiones en que demuestro ser muy despistado con las caras. Me indica que la recepción está arriba.



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En el piso alto me recibe en efecto la hospitalera, y en seguida se acerca el hospitalero. Después iré sabiendo que se trata de un matrimonio portugués (en concreto, de Évora), y que han estado una quincena de hospitaleros en otro albergue (Albergaria-a-Velha), atendiendo ahora a los peregrinos en éste, que sí es de donativo, de donativo auténtico.

Efectuadas las limpiezas de rigor, fuera, en el patio, se está a gusto. Siempre que no te aproximes a una cuadrilla de vociferantes que ocupan una mesa a la vuelta de la casa. No es que tenga nada en contra de la alegría de la gente, pero éstos hacen una escandalera de cada frase. Afortunadamente hay otra mesa en el lado de la entrada del patio, al pie de la escalera y junto a los tendederos de ropa, en la que nos sentamos algunos otros.

Salgo en busca de una botella de agua fresca, pues en la estancia de la litera ya se intuye que la noche va a ser bochornosa. Unos metros más arriba hay un pequeño autoservicio, y allí mismo compro un par de botellines. Y como no tengo mucho apetito, siguiendo los dictados de mi estómago decido tomar un plato del pote de sopa que los hospitaleros me han reiterado que tienen a disposición de los peregrinos. Está sabrosa, así se lo digo a la hospitalera, que diariamente la prepara, mientras charlo también con el hospitalero y un matrimonio de peregrinos portugueses.




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A eso de las diez me acuesto, en la estancia ya están durmiendo unos cuantos. A ver qué tal descanso, el calor sigue siendo asfixiante (menos mal que me he traído una sábana saco), además de que mi litera está a pie de calle, pavimentada (para no variar) con los inevitables adoquines...


Resentido
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